Insectos asombrosos


Esto que veis es la cabeza y tórax de un macho de Pseudolucanus barbarossa, una de las especies ibéricas de ciervos volantes. Este ejemplar lo encontré en el Parque Nacional de Cabañeros, en una zona de melojar. Sin duda, este insecto había sido depredado por algún animal más grande que el, presumiblemente algún roedor o algún carnívoro pequeño que se alimentó solamente de abdomen, sin duda la parte más jugosa y nutritiva de este insecto, desechando sus mandíbulas sin apenas aporte calórico. El dato más asombroso de este hallazgo, aunque parezca increíble, es que éste animal todavía seguía vivo, aún se movía, de hecho, intentó morderme cuando lo cogí del suelo.

Esta característica de resistencia se debe al sistema nervioso de los insectos, muy primitivo y muy simple en comparación con el de los vertebrados, de hecho, algunos experimentos bastante macabros por otra parte, como la mayoría de los que se hacen con animales, afirman que una cucaracha puede vivir con la cabeza amputada hasta 6 meses, tiempo que tardará en morir de inanición al no poderse alimentar.

Adelfilla


La adelfilla o Bupleurum fruticosum, un arbusto perennifolio que pertenece a la familia de las umbelíferas, familia a la que pertenecen plantas aromáticas conocidas por todos como el hinojo, el anís o el perejil, y otras venenosas como la cicuta.

Esta planta se cría en suelos principalmente calcáreos, prefiriendo zonas ligeramente resguardadas como fondos de barrancos, márgenes de cultivos, etc, sitios en general donde puede obtener algo más de humedad edáfica.

Este arbusto alcanza hasta dos metros de altura y destaca por su floración de color amarillo que es muy notable en verano. Las inflorescencias son umbelas que contienen multitud de diminutas flores que posteriormente se convertirán en frutos de color negro.

Se trata de una especie con muchas posibilidades en xerojardinería por su rusticidad y su valor ornamental, de hecho, ya se cultiva en algunas regiones.

Árboles y palmeras

Imagen del Jardín Botánico de Valencia
Aprendamos a diferenciar los árboles de las palmeras aportando unas nociones básicas sobre su crecimiento que nos ayudará a conocer un poco mejor su biología.
Las diferencias entre un árbol y una palmera son menos evidentes de lo que podrían parecer a simple vista.

Los árboles propiamente dichos, pueden clasificarse en dos grandes grupos, coníferas y frondosas.

Las coníferas pertenecen a las gimnospermas, que son las plantas con semillas verdaderas mas antiguas que existen, evolutivamente hablando, dicha semilla queda desnuda, normalmente protegida por estructuras de la planta denominadas normalmente conos. Por otra parte, las frondosas son plantas dicotiledóneas pertenecientes al grupo de las angiospermas, caracterizadas por tener sus semillas encerradas en un fruto.


Corteza de Fraxinus angustifolia
Tanto las frondosas como las coníferas tienen en común su modo de crecimiento, tanto en altura como en grosor. Dicho crecimiento, se caracteriza muy a grandes rasgos por la presencia de un tronco que se divide en ramas primarias, posteriormente en secundarias, etc. Además, los árboles, presentan una capa de células vivas llamada cambium que se sitúa perimetralmente respecto al tronco y ramas, responsable de su crecimiento en grosor, mediante la formación de madera hacia el interior y de corteza hacia el exterior. Esta capa de células, es la encargada de formar los anillos de crecimiento y de cerrar las heridas o agresiones que pueda sufrir el árbol a lo largo de su vida. Podemos ver en la imagen de al lado la capacidad de regeneración de tejidos para cerrar una herida producida en el tronco de un fresno.

Dentro del grupo de las plantas monocotiledóneas, es decir, aquellas que al germinar muestran un solo cotiledón u hoja, encontramos las palmeras, que se caracterizan por presentar un crecimiento en altura, pero no en grosor. Esto se debe a su sistema de crecimiento, en el que durante sus primeros años de vida, la palmera se dedica a incrementar el grosor de una única yema que es la que al ir creciendo formará el tallo o estípite.

Las palmeras no poseen madera, sus tejidos están formados por multitud de largas fibras donde encontramos de forma dispersa los vasos conductores de savia como se muestra en la imagen a continuación que pertenece a una Washingtonia filifera, en comparación con la madera de olivo. Estas fibras proporcionan a las palmeras una resistencia mecánica extraordinaria. Por el hecho de confiar su crecimiento a una única yema, las palmeras solamente poseen hojas verdes en su parte alta formando un penacho de palmas, y salvo casos excepcionales, no suelen formar ramificaciones en altura.

Estípite de Washingtonia filifera
Madera de olivo